Infalibilidad de la mente pura

Robert Hugh Benson no es un apologeta cualquiera. Sus argumentos buscan injertarse en la filosofía y en la ciencia y muchas veces dan giros inesperados. Así ocurre en su artculo titulado Infallibility and Tradition, cuando quiere demostrar cómo es posible que el Papa sea infalible. Describe de esta manera el mecanismo de la infalibilidad: «Así que infalibilidad en su sentido ms escueto no quiere decir más que esto: que la consciencia divina de la Iglesia está relacionada de tal manera con la consciencia humana, que la salvaguarda de formular cualquier afirmación en contradicción con la verdad. Implica que hay un canal, abierto entre la mente de Cristo y el conjunto de las mentes que componen su mística consciencia, de un tipo tal que la primera controla y verifica a esta última»[1].
Para iluminar esta explicacin, Benson busca una analogía de nuestro mundo natural. «Necesitamos, por tanto, como paralelismo de la posición de Infalibilidad en el esquema de la Iglesia, una mente, un objeto, y una relación entre ellos, que correspondan con la consciencia explícita de la Iglesia, el depósito y la Infalibilidad; y, para que la analogía sea completa, la relación en nuestra analogía debe ser idéntica a la relación de la cual es una analogía»[2].
Nunca me hubiera imaginado que la encontrara, y ni más ni menos que en el campo de las ciencias exactas. El argumento se explica por sí mismo: «Estrictamente hablando […] el objeto material de las ciencias exactas no tiene existencia concreta; consiste en abstracciones formadas por la mente. No hay un dos en el mundo objetivo: solo hay dos caballos o dos manzanas. Estrictamente hablando, igualmente, no existe una línea ni un punto ni un círculo. Por tanto, dado que las ciencias de la aritmética y la geometría son abstracciones formuladas por la mente, son el único objeto respecto al cual la mente es infalible. La mente es literalmente infalible en aritmética»[3].
Aparte la sorpresa que provoca el argumento, una dificultad salta directamente a la vista: de hecho nos equivocamos en aritmética. Benson es consciente de ello: las mentes individuales pueden cometer errores, y de ello son conscientes todos los colegiales[4], pero nos dice que esto se debe a otras causas, como, por ejemplo, a las emociones, las distracciones, etc. Entonces refina un poco la conclusión de su argumento. La mente pura, abstraída de todo lo demás, es incapaz de error en estas materias[5]. Creo que está bastante claro que no debe entenderse mente pura como mente limpia, candorosa, etc. A mi entender el autor se refiere a la mente en estado puro, sin tener en cuenta las particularidades de las mentes individuales. Sería una acepción de la palabra pura más cercana al uso que hace Kant de esta palabra en su crítica de la razón pura. Así, se podría entender la construcción mente pura como las condiciones de posibilidad de toda mente. Ahora bien, sin demérito de este argumento, Kant sitúa el origen de las ciencias exactas en la sensibilidad.

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[1] For infallibility in its barest sense means no more than this that the divine consciousness of the Church is related in such manner to the human consciousness that if safeguards it from formulating a statement in contradiction to truth. There is, it is claimed, such a channel open between the mind of Christ and the aggregate of the minds that compose His mystical consciousness, that the former controls and checks the latter (Infallibility and Tradition, p. 5).
[2] We need, therefore, as a parallel to the position of infallibility in the scheme of the Church, a mind, and object, and a relation between them corresponding to the explicit consciousness of the Church, the depositum and Infallibility; and, in order that the analogy may be complete, the relation in our analogy must be identical with the relation in that of which it is an analogy. (Infallibility and Tradition, p. 18).
[3] Stricly speaking [] the subject-matter of the exact sciences has no concrete existence; it consists of bstractions formed by the mind. There is no such thing as two in the objective world: there are only two horses or two apples. Strictly speaking, again, there is no such thing as a line, or a point, or a circle. Since, therefore, the sciences of arithmetic and geometry are abstractions formulated by mind, they are the one and only subject in which pure mind is infallible. Mind is literally infallible in arithmetic (Infallibility and Tradition, p. 18).
[4]  Individual minds may make mistakes, as every schoolboy is ware (Infallibility and Tradition, p. 18).
[5]  Pure mind, abstracted from all else, is incapable of error in these matters (Infallibility and Tradition, p. 18).

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Psicología y espíritu en Robert Hugh Benson

En la página 174 del libro “An Average Man”, Benson describe la atracción que produce una mujer sobre el protagonista de la novela. No se trata de la forma en que va vestida, ni de su belleza, ni de sus formas. Dice que posee una personalidad “magnética”. Y define “magnetismo” como “that atmosphere that is neither solely physical, nor solely mental, nor solely spiritual, but a combination of at least two of these things”.

En una descripción de este tipo, el autor está dando por supuesta una concepción antropológica, que no todo el mundo compartiría. En primer lugar, reconoce la existencia en el ser humano de tres partes diferenciadas: la física, la mental o psicológica y la espiritual. En el caso de Percy Brandeth-Smith podemos detectar fácilmente estas tres partes de su ser. Su parte física, y más evidente, es lo que todo el mundo ve cuando se encuentran con él. La mental es aquel entresijo de sentimientos, pensamientos y pasiones, que provocan esa situación de enamoramiento que vive. La espiritual la descubrimos en esa ansia de verdad y de plenitud que busca en la religión y que le parece estar encontrando a partir de la predicación de un fraile franciscano.

De hecho no sé si he sido demasiado correcto a la hora de denominar partes a estos tres elementos constituyentes del ser humano. Víctor Frankl los llama dimensiones. No se trata de apartados estancos de la persona, sino del ser humano único y que se encuentran inseparables en el ser humano, interactuando y entremezclándose. En su libro Homo Patiens, Frankl hace una crítica a los reduccionismos. Un reduccionismo consiste en ver al ser humano desde una sola de estas dimensiones. El fisicalismo o materialismo reduce la vida humana a una serie de reacciones físico-químicas. El psicologismo atribuye a la psicología todos los fenómenos propiamente humanos. El espiritualismo, por último, insiste en la importante de esta dimensión humana, hasta el punto de despreciar la psicología y la materialidad del cuerpo y del mundo.

La antropología de Víctor Frankl se podría llamar, por tanto, antropología dimensional, y en ella cada una de las dimensiones de la persona tiene unos roles específicos e irreductibles, pero no independientes de las otras.

Percy está viviendo una situación difícil en su vida. Está enamorado y no sabe si su amada le corresponde. Le envía una carta pero, debido a un despiste de su criado, esta llega con una semana de retraso. Percy no entiende por qué su amada no contesta. La maquinaria de la psicología de Percy se pone en marcha y arrasa, como un Bulldozer, con todo lo que se encuentra a su paso.  Ocupa todos sus pensamientos en intentar deducir si ella le está rechazando o no. Apenas puede dormir, se encuentra taciturno y extraño con los amigos. La gran ilusión de hace unos meses, el descubrimiento del catolicismo, y su deseo de convertirse, pasan a un segundo plano. La pasión que lo domina es mucho más poderosa y lo tiene apresado. La psicología de Percy está dominando el resto de dimensiones. Está produciendo un atasco. Si una dimensión de la persona sufre, también lo hacen las demás.

Por fin, Miss Farham, su amada, recibe la carta y, con grandes dosis de astucia femenina, lo llama, para que “se la explique”. Percy le pregunta si se quiere casar con él. Ella le contesta afirmativamente. Parece que Benson nos intenta explicar a continuación, que no se puede reducir al ser humano a una simple dualidad físico-psicológica, reduciendo la dimensión espiritual a la psicología, porque en cuanto el “tapón” psicológico, producido por la incertidumbre de la correspondencia amorosa, desaparece, los deseos de su espíritu vuelven a salir a flote. Más aún, la imagen que he puesto del “tapón”, se corresponde con la que usa el autor en la novela, pues dice: “For religion had come down again on Percy like a flood!” (p. 175). Es decir, la religión había vuelto a Percy como una riada.

¿Por qué no se puede reducir la espiritualidad a la psicología? La psicología de la religión es una disciplina “atea”, en el sentido de que no pretende descubrir si existe o no un Dios o ese mundo espiritual que plantean las religiones. Por ello, se desarrolla sin tenerlos en cuenta en su dimensión real. No le importa, en realidad, si existen o no. Su trabajo se centra en la psicología humana, en sus mecanismos y en sus irregularidades o enfermedades.

La psicología de la religión trabaja, en cambio, con los objetos mentales que produce una religión en la psique de las personas. La imagen mental de Dios, la imagen mental del cielo, la imagen mental de los ángeles, etc. sí son material de estudio de esta disciplina.

Se podría interpretar que la ilusión de Percy por convertirse al catolicismo ha sido una reacción psicológica producida por la hábil predicación del P. Hilary, un fraile franciscano, que ha conseguido modificar unas imágenes mentales religiosas insatisfactorias hasta hacerlas satisfactorias y atrayentes, produciendo unos sentimientos de ilusión y de atracción. Esta interpretación de los hechos ignora la dimensión espiritual del hombre, como hemos dicho, porque esta disciplina funciona así, no se mete en el campo de lo espiritual. Pero, ¿esto significa que lo espiritual no exista y que todo se pueda explicar desde la psicología?

Para Benson y para Frankl esto sería un reduccionismo. De hecho, si la psicología no puede tratar lo espiritual, porque se sale de su ámbito de acción, no podemos esperar más de ella. De la misma manera que no nos da explicaciones de lo espiritual, tampoco podemos pedírselas. Intento decir que el hecho de que la psicología de la religión pueda explicar desde el punto de vista psicológico una situación espiritual, no quiere decir que esta dimensión no esté presente.

De vez en cuando salen a la luz resultados de estudios en los que se asegura que el amor está producido por la segregación de ciertas hormonas o por la estimulación de cierta parte del cerebro. El sentido común nos dice que el amor no puede ser una cuestión de simple física. Diseccionando a una persona no podríamos descubrir cuánto amaba. Existe una dimensión psicológica, con una base física, con una influencia física, pero no identificable con ella o reductible a ella. De la misma manera ocurre con lo psicológico y con lo espiritual. Interactúan, pero no sabemos en muchos casos dónde acaba una y empieza la otra. La base sobre la que actúa la espiritualidad es la psicología, no puede actuar sin ella, pero no es reductible a ella.

En mi tesis pretendo explicar entre otras cosas, cómo Benson entiende que lo espiritual de hecho actúa en la vida, momento a momento, segundo a segundo. Además, aunque de una forma exagerada en algunos casos, pretende hacer ver que la espiritualidad es una gran fuerza para el hombre y que debería ser usada en una gran cantidad de ámbitos, sobre todo el médico. Parece que RHB aboga por una ciencia y una medicina dimensionales, igual que el ser humano, que no se preocupe sólo del cuerpo y de la psicología sino también del espíritu. El ser humano completo debe ser curado al mismo tiempo, el ser humano completo debe ser cuidado al mismo tiempo.

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Quién es Robert Hugh Benson

Robert Hugh Benson (1871-1914) fue el hijo menor de Edward White Benson, Arzobispo de Canterbury, converso al catolicismo, eminente autor de ficción y apologética.

El éxito de las obras de Robert Hugh Benson durante su vida

En la British Library de Londres repasé el registro de libros publicados en Inglaterra entre los años 1903 y 1916, es decir, desde su conversión hasta dos años después de su muerte.  Todos los años, desde 1905 hasta 1915 se publican dos, tres o más obras de este autor. Muchos de sus libros se reeditaron, como es el caso de A Winnowing, publicado en 1910 por la editorial Hutchinson y reeditado en 1911, 1913 y 1914, o la escalofriante novela The Necromancers, publicada en 1909 también por Hutchinson y reeditado en 1911 y 1912. Esto sin contar las ediciones en diferentes países, como por ejemplo Estados Unidos. The Necromancers, además, fue traducida al castellano y publicado por la editorial Gustavo Gili en 1911. También se tradujo la novela Lord of the World, publicada por Gustavo Gili en 1909 y 1911.
Esta proliferación literaria contrasta con el silencio editorial que se produce después de su muerte. A partir de 1916, hay un vacío en la publicación de libros de este autor. Parece inexplicable que un hombre con tal éxito quedara sepultado en la historia. Probablemente su muerte, acontecida unos meses después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, debió pasar bastante desapercibida en un país preocupado por la dinámica bélica. Cinco años después, cuando se firmó el Tratado de Versalles, poca gente se acordaba de este hombre excepcional. La vistosa llamarada de Robert Hugh Benson se extinguió, el cometa desapareció y nadie se acordó de haberlos visto.

Biografía de Robert Hugh Benson

Hugh nació el 18 de noviembre de 1871 en Wellington College, hijo de Edward White Benson, director del centro, quien se convertiría unos años más tarde en Arzobispo anglicano de Canterbury, primado de la Iglesia de Inglaterra.

Era el más joven de seis hermanos. En su libro Hugh, Memoires of a Brother, su hermano Arthur nos da algunos detalles sobre su infancia: “Hablando en general, debería decir de él que en sus primeros años era un niño espabilado, lleno de inventiva, de mente despierta, nada sentimental; estaba acostumbrado a hacer varias cosas a la vez, pero era impaciente y volátil, y nunca se preocupaba de nada, y como consecuencia nunca hizo nada bien”. Esta forma de ser, aunque de alguna manera se mantuvo, cambió radicalmente tras su conversión.

En 1885, consiguió una beca para estudiar en Eton. Cuando llegó al colegio en Septiembre, su hermano Arthur era profesor allí. Pero, después de cuatro años, se le ocurrió la idea de presentarse a las «oposiciones» para el Servicio Civil de la India. Con tal objetivo se trasladó a Londres para tomar clases particulares . No se sabe si se lo tomó muy en serio, pero lo cierto es que en 1890 lo intentó y suspendió. Entonces decidió ir a estudiar clásicos al Trinity College, Cambridge. Al parecer no se esforzó demasiado, ni daba la impresión de ser una promesa intelectual. Decidió, entonces, tomar las órdenes y en 1892 se fue a Llandaff a estudiar con el deán Vaughan. Fue ordenado diácono por su padre en 1894 y empezó su trabajo clerical en la misión de Eton. En 1895 fue ordenado sacerdote. Hacia finales de 1896 su salud se deterioró y se fue a pasar el invierno a Egipto.

Su conversión

En Egipto empezaron a invadirle dudas sobre la Iglesia Anglicana. Se dio cuenta de qué poco contaba esa iglesia en el mundo. Parecía más bien algo que se montaban los ingleses allí donde iban, y era como algo extraño al país en el que se implantaba. En una ocasión entró en la iglesia católica de una aldea egipcia y le impresionó el contraste con sus iglesias anglicanas. Se trataba de un pobre edificio de barro, pero obviamente formaba parte del lugar, no había sido trasplantada artificialmente. Entonces pensó, por primera vez, que quizá Roma pudiera tener razón. Estos incómodos sentimientos se hicieron más profundos durante el viaje de regreso a casa, pasando por Palestina.

Sin embargo, un año en Kemsing como párroco le calmó su ansiedad. Entonces pensó que lo suyo era la vida religiosa, así que pidió entrar en la Comunidad de la Resurrección en Mirfield. Sus primeros dos años los dedicó al estudio, y finalmente en julio de 1901, hizo la profesión de los votos. Pasó dos años más en Mirfield como religioso. El primero fue muy feliz para él, pero durante el segundo le volvieron a asaltar las viejas dudas, y de una manera tan intensa que abandonó la comunidad al inicio del verano de 1903 y fue recibido en la Iglesia Católica el 11 de Septiembre de ese mismo año por el padre Reginald Buckler, dominico.

Los primeros pasos de Roberth Hugh Benson como católico

Hugh Benson marchó a Roma, habiendo terminado ya su primera novela, titulada By What Authority. Un año más tarde regresó a Inglaterra, siendo ya sacerdote de la Iglesia Católica. Pasó dos o tres años afincado en Cambridge. Allí se dio cuenta de que su labor tenía que ir más orientada a escribir y predicar que a tareas pastorales. Como empezó a ganar dinero con sus libros, se decidió a poner en práctica un plan que llevaba rumiando desde hacía tiempo: establecerse en una casa más o menos retirada, donde pudiera leer y escribir sin interrupciones y de allí salir de vez en cuando a predicar a otros lugares. Así que compró una casa en la aldea de Hare Street, cerca de Buntingford, Hertfordshire, a pocos kilómetros de Cambridge, donde pasó los últimos siete años de su vida.

Misteriosamente su carácter indeciso y despreocupado dejó lugar a una determinación y una entrega difíciles de encontrar o entender. Esta aldea de Hertfordshire se convirtió en un gran centro de influencia tanto en Inglaterra como en otros puntos del globo. Viajó a Roma en tres ocasiones a predicar sermones, y visitó tres veces América para dar conferencias y predicar. La página web de la Universidad de Notre Dame, en South Bend, Indiana, lo cuenta entre sus visitantes ilustres.

Pero su actividad más agotadora la desarrollaba en Inglaterra: predicando aquí, conferenciando allí, dando un retiro en algún convento, etc., y al volver de cada una de estas actividades todavía encontraba tiempo para escribir un libro tras otro, y contestar una enorme cantidad de correspondencia. Es difícil explicarse cómo es posible que un hombre sea capaz de aguantar una actividad así. Algo dentro de sí le sostenía y le mantenía trabajando al más alto nivel de presión. Parecía que no pudiera mantener dentro la nueva confesión que había abrazado y necesitara expresarla, irradiarla y defenderla.

Muerte de Robert Hugh Benson

Un año antes de su muerte escribió que debía bajar el ritmo de trabajo y distribuir mejor el tiempo, porque sentía que estaba al límite de sus fuerzas. Y es que así trabajaba él: al límite de sus fuerzas y, a pesar de todo, mantuvo ese ritmo hasta el momento mismo de su muerte, cuando su forzado motor se rompió definitivamente.

Hugh Benson murió en 1914 a los cuarenta y dos años, a una edad en la que muchos hombres alcanzan la madurez de sus capacidades, gastado por su propia incansable e indomable energía. Sus años de converso significaron un modo de vida muy diferente respecto al Hugh infantil que nos ha descrito su hermano Arthur en la cita que he referido un poco más arriba. Quizá habría que modificar esta cita para que concuerde con el Hugh converso. A lo mejor diría algo así: “Tenía una mente rápida y privilegiada, todo lo que estaba a su alcance, lo ponía por obra y lo llevaba a buen puerto. Todo lo que hacía, lo hacía con una energía reconcentrada que daba a entender que ponía su corazón y su alma en ello. La pasión atravesaba cada una de las actividades de su vida, y esto no pasaba desapercibido a ninguno de los que entraban en contacto con él”.

Murió como había vivido, con la mente clara hasta el final y trabajando. Falleció el 19 de octubre de 1914 en la casa del obispo de Salford, diócesis a la que había ido a predicar una tanda de sermones en la catedral.

El olvido

Unos meses antes, el 28 de junio de 1914 fue asesinado en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando, probable heredero al trono del imperio austro-húngaro. Un mes después, el 28 de julio, comienza una guerra entre el imperio y Serbia. El 1 de agosto se le declara la guerra a Rusia y el conflicto se extiende a 32 naciones, divididas en dos bandos: los aliados, entre ellos Inglaterra, y las potencias del eje. Hugh muere en octubre. En 1915 se publica póstumamente su última novela, Loneliness, y su hermano Arthur publica Hugh, Memoires of a Brother. El 23 de mayo de ese mismo año, Italia abandona su neutralidad y declara la guerra a Austria, rompiendo así la alianza militar que le unía a Alemania y a Austria. En 1916 el jesuita C.C. Martindale publica la biografía oficial de Hugh, bajo el título Life of Monsignor Robert Hugh Benson. En 1917, C.C. Martindale recopila en un libro una serie de sermones de Hugh titulado Sermon Notes. 3 de abril de 1917, Estados Unidos declara la guerra a Alemania. 3 de marzo de 1918, Rusia firma el tratado de Brest-Litovsk. En mayo de 1918, R.J.J. Watt publica un libro sobre Hugh con el título Robert Hugh Benson, captain in God’s Army. 11 de noviembre de 1918, se firma el armisticio en el frente occidental.

Desde ese momento, prácticamente hasta nuestros días no se ha publicado nada sobre él. He entreverado las últimas fechas importantes sobre Benson con algunas fechas significativas de la historia, para intentar mostrar los dramáticos eventos que coincidieron con la muerte de Robert Hugh Benson y que pueden ser la causa de olvido tan rápido de este gran autor.

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The Lord of the World / Señor del mundo

La trama de esta novela escrita en 1907 se desarrolla en una fecha indeterminada alrededor del año 2000. El mundo se encuentra dividido en tres grandes bloques: Europa, América y Asia.

La ideología dominante

Ideológicamente reina una mezcla de masonería y socialismo que se abrió paso finales del siglo XIX y que poco a poco ha ido ganando prácticamente el mundo entero. Esta ideología retratada en el libro de Benson ha barrido prácticamente las demás, y se ha constituido en la única opción razonable para el hombre contemporáneo. Los comunistas, como suele llamar el autor a los adeptos a estas ideas, llegaron al poder en Gran Bretaña en 1917 y desde entonces no han tenido rival. Bajo su dirección el mundo ha progresado y se ha instaurado la paz en el planeta. Este era el gran logro de los comunistas: la paz en el mundo.

Como las demás cosmovisiones que habían entrado en contacto con la comunista, el catolicismo había sufrido fuertes pérdidas. La tradicionalmente católica España había dejado de ser tal y solamente quedaban grupitos aislados. Lo mismo sucedía en las demás naciones europeas con la excepción de Irlanda. La Iglesia Católica se resistía a la corriente comunista que buscaba la unidad de la humanidad sin un Dios trascendente y proclamando al hombre mismo como Dios.

Felsenburgh y Franklin

Aunque durante la unificación italiana, Roma había sido sustraída al poder del Papa, más adelante el estado italiano firmó un tratado en el cual el Papa renunciaba a toda autoridad sobre Italia (iglesias incluidas) y a cambio se le daba Roma. La ciudad eterna se había convertido en un lugar ajeno a los avances tecnológicos y en refugio de las monarquías europeas, todas ellas exiliadas.
Para los comunistas, los católicos no eran más que una pobre gente cargada de supersticiones y que frenaba el desarrollo de la humanidad. Los personajes principales son: Oliver Brand, diputado inglés, adalid del comunismo, y su mujer Mabel Brand, sincera y fervorosa seguidora de las ideas comunistas; el padre Franklin, secretario del arzobispo de Westminster; y, por supuesto, Julian Felsenburgh, el enigmático americano que toma en sus manos las riendas del mundo.

En este marco empieza la trama de la novela con la preocupación de dos hombres. Oliver Brand, y con él todo el occidente, teme la escalada armamentística del Oriente. Se prevé una invasión. Aquello significaría la destrucción de Europa.

Por su parte el P. Franklin siente que cada vez se van más católicos del seno de la Iglesia para abrazar las nuevas ideas. Incluso el P. Francis, un joven sacerdote muy cercano a él, la abandona. La fe está muriendo, y el P. Franklin lo sabe. Él, como secretario del arzobispo de Westminster, tiene el encargo de enviar cada día un carta al Cardenal-Protector[1] de Inglaterra, que vive en Roma, informándole de la situación de los católicos en el país.

Cuando la situación con respecto a Oriente parece pasar por el peor momento, en Londres se oye hablar lejanamente de un americano llamado Felsenburgh que recorre Asia entrevistándose con los líderes del imperio de Oriente. Nadie antes había oído hablar de él. Después de Moscú visita las grandes ciudades europeas donde es recibido como un héroe o como un semidiós. En Londres toda la población sale a las calles para ver a ese hombre genial que ha sido capaz de lograr la paz, porque gracias a él, Oriente ha dejado sus intenciones belicosas.

El P. Franklin pudo ver a Felsenburgh aquel día y se dio cuenta de que se parecía mucho a él. Ambos tenían un aspecto juvenil, con facciones casi idénticas y el pelo prematuramente blanco. Unos días antes, Mabel viajó a Londres y allí asistió al accidente de un volador[] y vio impresionada cómo un sacerdote católico (el P. Franklin) acudía para auxiliar espiritualmente a los heridos. Pero lo que más le impresionó fue ver que algunos le correspondían. No obstante, enseguida llegaron los agentes de la eutanasia y se encargaron de acabar rápidamente y sin dolor aquellas vidas. Para Mabel y los que vivían las nuevas ideas, las creencias católicas no eran más que supersticiones y el que creía en ellas era visto como una especie de enfermo a quien había que sacar de aquel estado.

El humanitarismo enseña los dientes

De hecho esta forma de ver a los católicos fue degenerando. Las masas estaban hiperentusiasmadas por los logros de la humanidad en general y de Felsenburgh en particular, a quien abiertamente llamaban encarnación de la Humanidad. Porque el único dios era el hombre y Felsenburgh el primer producto perfecto de esta neuva humanidad consciente de su propia divinidad. Así que los católicos como creyentes en un Dios trascendente eran enemigos de la Humanidad. Se sucedieron una serie de persecuciones y revueltas callejeras en las que sacerdotes, obispos, religiosos y fieles fueron linchados.

Por aquel entonces Felsenburgh fue nombrado presidente de Europa y no tardaría en ser elegido unánimemente por las naciones presidente del mundo. El P. Franklin, por su parte, fue llamado a Roma. Otro sacerdote, el P. Blackmore, ocupó su puesto en Londres. Entre los católicos corrían comentarios enrarecidos y misteriosos sobre Felsenburgh. ¿Quién era este extraño personaje que se había adueñado del mundo? El P. Blackmore intuía cosas que no se atrevía a decir. En unos meses el Papa Juan nombró al P. Franklin Cardenal-Protector de Inglaterra. No tardaron en llegar noticias de que se iba a instaurar un nuevo culto al que se obligaba a asistir a todos los ciudadanos. En este culto de la Humanidad, había cuatro fiestas fundamentales: la Maternidad (navidad), la Vida (primavera), la Subsistencia (verano) y la Paternidad (otoño).

Estaba a punto de celebrarse la fiesta de la Paternidad, cuando llegó de improviso a Roma Mr. Filips, el ex-secretario de Oliver Brand. Cuando el P. Franklin todavía vivía en Londres, Mr. Filips le hizo llamar por encargo de la madre del diputado, para que la asistiera, porque se encontraba gravemente enferma. Oliver descubrió al P. Franklin en su casa y este hecho le valió el despido a Mr. Filips.

El ex-secretario del diputado sin ser católico se solidarizaba con la situación de la Iglesia por considerar que se la trataba injustamente. Además, las persecuciones que sufría la institución contradecían radicalmente las ideas que los líderes políticos predicaban. El P. Blackmore había enviado a Mr. Filips a Roma. Como consecuencia de esta visita, el Cardenal Franklin y Cardenal-Protector de Alemania partieron con un avión rumbo a Alemania, para luego dirigirse el cardenal Franklin a Londres. A la altura de suiza se encontraron con cientos de voladores que viajaban hacia el sur. Los dos cardenales no sabían lo que ocurría.

En Londres, sin embargo, se supo casi inmediatamente por qué tantos voladores se dirigían hacia Italia. Los titulares decían: “Roma ha dejado de existir”. Mabel Brand cayó en una profunda depresión. Ella vio con sus propios ojos cómo sus conciudadanos habían asesinado salvajemente a un grupo de católicos. Aún podía ella justificar estos hechos, porque los cometía gente ignorante, pero lo de Roma fue ordenado por las autoridades, incluido su marido, que no se opuso. Pero, Oliver Brand logró animar a su esposa y ella se dirigió con sentimientos renovados a la liturgia de la Paternidad.

Mientras la ceremonia avanzaba lenta y solemne, Felsenburgh apareció por sorpresa. Y habló y, sin alabar la destrucción de Roma, la justificó. Pero Mabel cayó en un estado próximo al éxtasis y se olvidó de todas sus dudas. El magnetismo de Felsenburgh rozaba el límite de lo sobrenatural.

Muerto el Papa y prácticamente todos los cardenales, el cardenal Franklin fue elegido Papa y adoptó el nombre de Silvestre. Se fue a vivir de incógnito a Nazaret. Desde su pequeña casa se comunicaba con el cardenal de Damasco y éste con los otros 11 cardenales que en aquel momento había en la Iglesia.

El desenlace

Felsenburgh, como se ha dicho más arriba, fue nombrado presidente del mundo y todos daban por muerta a la Iglesia Católica. El final de novela está marcado por dos hechos muy importantes. El primero, el decreto de Felsenburgh de castigar con la pena de muerte a quien declarara creer en un Dios trascendente. Al tener noticias de este decreto, Mabel se suicidó, por no poder soportar esta injusticia.

El suicidio (o eutanasia) tenía un marco legal en Inglaterra. Sólo había que solicitarlo, entrevistarse con un juez y pasar un período de ocho días de reflexión en un centro de acogida, después del cual, si todavía se quería, se aplicaba la eutanasia. El segundo hecho, fue el descubrimiento, gracias a la traición del cardenal de Moscú, de la existencia de un papa y su localización. Tanto Felsenburgh como el Papa Silvestre se movilizaron.

El Papa mandó llamar a todos lo cardenales a Nazaret. Esta pequeña ciudad se encuentra cercana a la llanura de Esdraelon, también llamada Harmagedón. El Presidente mundial visitó los diferentes parlamentos del mundo para que todas las naciones enviaran representantes a Nazaret para destruir definitivamente a la Iglesia Católica. El día que se sabía que llegarían Felsenburgh y “el resto del mundo”, el Papa celebró una misa del Espíritu Santo y luego expuso la Eucaristía en una custodia. Informó a los asistentes que él ya no creía en Dios por fe, sino por visión, porque le había visto y había recibido una revelación.

Mientras cantaban himnos de adoración eucarística, Felsenburgh y el mundo se acercaban contra el vicario de Cristo y ese momento fue elegido por Dios para que los días de mundo tocaran a su fin. Lo cuenta Benson con estas lacónicas palabras: “Then this world passed, and the glory of it”3.

Notas al pie

[1] Según Benson, el Papa había introducido esta figura en la organización eclesial. Toda provincia eclesiástica con una cierta importancia, además de tener el tradicional prelado en la provincia, contaba con un cardenal-protector en Roma que actuaba como intermediario directo entre la provincia y el Papa.
[2] Estos voladores son una especie de aviones, pero que se usan más como autobuses que como nosotros estamos acostumbrados. Estos curiosos aparatos mueven las alas al avanzar y pueden volar tan bajo por la ciudad que un transeúnte podría verle los ojos al conductor. Benson los llama volors, así que me ha parecido bien llamarles voladores.
[3] “Entonces pasó este mundo y con él su gloria” (R.H. BENSON, The Lord of the World, 3).

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Lechos de muerte en Robert Hugh Benson

Introducción

Al conmemorar el impacto literario y teológico de Robert Hugh Benson, es crucial explorar cómo sus obras abordan el fenómeno universal de la muerte. Este artículo desglosa las perspectivas de diversas religiones sobre la muerte, centrándose especialmente en el cristianismo, el anglicanismo y el catolicismo—las creencias que moldearon la vida y la escritura de Benson.

La Visión de la Muerte en Diferentes Culturas y Religiones

Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha considerado la muerte como una puerta hacia lo desconocido. Los ritos funerarios hallados en sitios arqueológicos son testimonios de cómo las antiguas civilizaciones veneraban a los difuntos y preparaban su tránsito hacia misteriosos destinos. En la traducción inglesa, el término «departed» para referirse a los difuntos evoca la imagen de un viaje hacia tierras inexploradas, lo que refleja una percepción universal del más allá como un nuevo comienzo más que un final absoluto.

El Cristianismo y sus Enseñanzas sobre la Muerte

En contraste con religiones orientales que aceptan la reencarnación, la tradición judeocristiana ve la muerte como un evento definitivo y único. Según las escrituras, como las epístolas de San Pablo, se establece que el ser humano vive y muere solo una vez, seguido por la eternidad. Para los cristianos, la muerte no solo concluye la vida terrenal sino que también precede al juicio divino, donde cada alma recibe su merecido basado en sus actos de vida.

María Estuardo, reina de Escocia.

Los Lechos de Muerte en las Obras de Benson

Robert Hugh Benson utilizó los lechos de muerte como momentos de revelación y sinceridad en sus narrativas. Analizó detenidamente los finales de figuras históricas y ficticias para destacar cómo la aproximación de la muerte despoja a las personas de sus pretensiones, revelando la esencia de su ser. En obras como «Come Rack! Come Rope!», presenta a María de Escocia enfrentando su ejecución con una dignidad que subraya la creencia en una vida más allá de la muerte, reforzando la noción del martirio como un umbral hacia la recompensa eterna.

Conclusión

El estudio de los lechos de muerte en las obras de Robert Hugh Benson ofrece una ventana fascinante a la comprensión de cómo la literatura puede explorar y expresar las profundas verdades espirituales y existenciales que enfrentamos al final de nuestras vidas. La visión de Benson sobre la muerte desafía a los lectores a considerar cómo nuestros últimos momentos pueden ser un reflejo de nuestras verdades más profundas y nuestras convicciones más firmes.

ARTÍCULO ORIGINAL

En primer lugar, supongo que es acertado echar un vistazo a lo que piensan las religiones en general sobre el hecho de la muerte, luego nos centraremos más en el cristianismo, para acabar en el anglicanismo y el catolicismo, las adscripciones religiosas de Robert Hugh Benson.

Cuando se hallan restos arqueológicos, una de las señales inequívocas de que pertenecieron a seres humanos es el hallazgo de vestigios de ritos funerarios. La muerte es la puerta a lo desconocido, y los difuntos son los que ya han partido a esos nuevos dominios. En este sentido es muy curioso el mote inglés para traducir el español «difunto», que no es otro que «departed», el que ha partido. Da la sensación de que la persona muerta ha marchado a un viaje que se adentra en una tierra inexplorada. En las culturas antiguas se intenta preparar de la mejor manera este paso de nuestra vida conocida a ese lugar misterioso. No es extraño que se encuentren las armas, los utensilios u objetos del difunto en sus tumbas. Seguramente disfrutaría de todos ellos en la otra vida, igual que lo hizo en esta. Es probable que una de las mayores sofisticaciones funerarias que se encuentran en la antigüedad, se diera en Egipto. Algunos faraones llegaron a ser enterrados con sus mujeres y sirivientes o se hicieron construir barcos, con los que zarparían al más allá. Todas las culturas han honrado de una u otra manera a sus difuntos, a aquellos que ya no están con los vivos, sino que han traspasado esa frontera de la muerte y se encuentran inmersos en el misterio.

Es un hecho que a lo largo de la historia ha existido esta percepción de que al otro lado de la muerte hay un mundo o estado desconocido, un «más allá». No es el objeto de este artículo investigar cómo surgió esta percepción ni comprobar si es cierta. El hecho permanece. Existe también la conclusión fría de los materialistas, de los ateos y de algunos escépticos que afirman que la muerte es el final, que con la desintegración del cuerpo se acaba todo tipo de existencia. Aunque ha habido escépticos en todas las épocas, el hecho del ateísmo es más bien reciente, y supone sólo una excepción que confirma la regla de que en todos los tiempos, el hombre, equivocado o no, ha visto la muerte como la puerta a un tipo de existencia diferente.

Si nos acercamos más a la posición de Benson, nos hemos de introducir en la tradición monoteísta, más en concreto en el tronco judeocristiano. Aquí, al contrario que en ciertas religiones orientales, la muerte tiene un carácter definitivo. Se aleja, por tanto, de las teorías de la Metempsicosis o migración de las almas, o si se prefiere de la reencarnación. Platón mismo concebía un dualismo cuerpo – alma en el ser humano. El alma se encuentra como atrapada dentro del cuerpo. Al morir el cuerpo, el alma sigue viva y busca otro hombre en el que reencarnarse. Es famoso su mito del carro tirado por dos caballos, siendo el piloto el alma y el carruaje el cuerpo. Tanto en el hinduismo como en el budismo la muerte es el paso inmediatamente anterior de una reencarnación en otro ser vivo. El ciclo de la vida incluye la vida y la muerte de forma interminable, si el ser humano no consigue reunir unas ciertas condiciones que le permiten romper este ciclo y alcanzar la conciencia superior, la extinción o el nirvana. No ocurre así en el cristianismo en el que, como dice san Pablo: «ha sido establecido que el hombre viva una sola vida y muera una sola vez, y luego la eternidad». La visión judeocristiana de la muerte va muy ligada con la recepción de lo que la persona se ha merecido durante la vida. Es el momento que antecede al juicio de Dios. Para el cristiano la muerte es el punto de entrada a las verdades eternas: el juicio y posteriormente, la bienaventuranza eterna o la condenación eterna. La muerte es, por tanto, una embajadora de la verdad. Con ella se acerca el momento en el que no hay jueces sobornables ni lugar para el autoengaño. Tras ella se acaban las apariencias.

Sin duda por esto es tan importante para Benson examinar los lechos de muerte de personajes importantes. En esos momentos se enfrentan a todo aquello que pretendían esconder a su conciencia, porque saben que “más allá” no habrá remedio. Las falsedades de la vida se desmoronan, porque ante los se les viene encima, ya no hay manera de mantenerlas.

Analiza, por eso, con cuidado los lechos de muerte de Isabel, la reina buena y de María, la Sanguinaria. La primera disfrutó del éxito en la vida y ante la muerte parecía enloquecer y verse perseguida por fantasmas; la otra fracasó en su vida, pero ante la muerte no tenía nada que ocultar y la esperaba con paciencia y serenidad. Con este artículo Benson nos quiere decir una cosa muy clara: aparte de lo que hayan podido hacer en su vida, la verdad profunda de sus personas se manifestó en esos momentos clave previos a su fallecimiento. Lo demás puede engañar, porque no sabemos si actuaban sinceramente o no.

En «Come Rack! Come Rope!» también presenta a una reina, a María de Escocia, en los momentos que preceden a su ejecución. Destaca de modo especial su entereza y dignidad, así como la de todos los mártires que aparecen en la novela.

Estas narraciones y los relatos en general de los mártires cristianos de todos los tiempos tienen ese halo de heroicidad, pero también de demostración. El mártir muere con total enterza porque sabe que luego le espera el premio por este «castigo» injusto que recibe en la tierra. Se demuestra por los comportamientos valientes de estos hombres y mujeres que hay algo más después de la muerte, algo definitivo, y que el martirio supone el paso a lo mejor de ese algo que hay más allá.

Desde el punto de vista filosófico me parece interesante la visión del lecho de muerte como lugar fuerte de sinceridad existencial.

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¿Por qué una investigación filosófica sobre Robert Hugh Benson?

La lectura de «The Lord of the World» («El amo del mundo») me fascinó por la forma en que el autor manejaba históricamente las ideas, por el dramatismo tanto de ciertas escenas presentadas como del argumento, y por una intuición casi sobrehumana de lo invisible. En la cosmovisión de Robert Hugh Benson lo espiritual y lo material se tocan, se abrazan, se necesitan.

Me llamo Sergio y esta página web pretende ser un pequeño escaparate a la obra de Robert Hugh Benson. Actualmente estoy trabajando en una tesis doctoral sobre este autor. Si Dios quiere la presentaré en la facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona.

¿Por qué elegí Robert Hugh Benson para una investigación filosófica? La primera obra que leí de este escritor fue The Lord of the World. Al terminar el libro me di cuenta de que tenía ante mí, por supuesto, una novela, pero también una forma poco habitual de desarrollar ideas de calibre ideológico, filosófico y teológico. Esta misma sensación se repitió cuando leí The Dawn of All. Benson fabrica ideas desconocidas a partir de otras conocidas. Esto, se me podrá objetar, tiene un nombre: razonamiento. Correcto, un razonamiento consiste en que a partir de unas premisas conocidas, se deduce lógicamente una conclusión no conocida. Pero Benson no utiliza tanto las leyes de la lógica como la materialidad y las difusas normas del arte. Es como si nos creara el phantasma (siguiendo una terminología tomista) y el lector tuviera que acabar de perfilar el concepto.

Siempre he pensado que el arte, y sobre todo la literatura, es un vehículo excepcional para la comunicación de ideas de todo tipo, y muy especialmente las filosóficas. Los mitos de Platón son un gran ejemplo de ello, y los mismos diálogos. El arte tiene una profundidad diferente (y aun diría mayor) al concepto. La sugerencia, la alegoría y la descripción se ponene en el lugar de términos y deducciones. En el arte la profundidad es inversamente proporcional a la claridad, mientras que en la filosofía es directamente proporcional. Al leer estas novelas, me dio la impresión de que Benson fabrica un compuesto arte-idea equilibrado y altamente elaborado.

A partir de ahí, fue creciendo el interés y ya he podido llegar a algunas conclusiones que espero espero plasmar rigurosamente en la futura tesis. Una de ellas versa sobre su visión política y otra sobre lo espiritual, para decirlo de una forma rápida. También distingo en él una tendencia a la unión de fuerzas naturales, a la amalgama entre vida, ciencia y espíritu. Hasta el punto de hablar en cierta manera del poder epistemológico de la fe y del poder espiritual de la ciencia. Este tema me parece apasionante, lo trato ligeramente en el trabajo de investigación y espero explayarme en la tesis.

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Saint Thomas of Canterbury

Este libro narra la historia de una persona importante dentro de la historia de Inglaterra; de un joven de origen más bien humilde que llegó a la cumbre del poder terrenal cuando fue nombrado canciller por el rey Enrique II. También narra el conflicto entre la Iglesia y el Estado personalizados en Enrique y Thomas. El rey intenta imponer su criterio a la vida eclesiástica en un intento de dominar a la Iglesia (cesaropapismo) y tenerla a su entera disposición. Cuando la sede del arzobispado de Canterbury quedó vacante, Enrique propuso a su amigo Thomas para el puesto. No imaginó que años después éste resistiría heroicamente el envite estatal por controlar la Iglesia. Finalmente nos cuenta también la vida de un santo que, sin demérito de su martirio, llevó una vida santa y ejemplar.

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Richard Raynal, Solitary

Richard Raynal, solitary es un libro deliciosamente escrito. A pesar de que el inglés no es mi lengua materna, se logra apreciar que existe una diferencia cualitativa entre el estilo de este libro y el de los demás que he leído. Al parecer, el mismo autor lo consideraba su mejor obra.
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The dawn of all

Un anciano yace en cama moribundo. Se trata de un sacerdote católico apóstata. No quiere recibir al cura del hospital para que le administre los últimos sacramentos.

El preludio de la novela deja esta escena en el aire y comienza la trama. Ésta es bastante sencilla. Monseñor Masterman es secretario del Arzobispo de Londres, el Cardenal Bellairs. Un día se “despierta” en Hyde Park, en el rincón de los oradores y se descubre a sí mismo sentado y vestido de eclesiástico. Escucha a un fraile que predica desde el estrado que el catolicismo es prácticamente la religión del mundo entero. Monseñor se queda como alucinado. No puede ni siquiera recordar quién es y lo que el fraile refiere le parece increíble.

El resto de la historia, exceptuando el final, consiste en las impresiones de Monseñor Masterman al ir descubriendo que realmente el mundo casi en su totalidad es católico, pero no sólo de palabra y en el fuero interno de cada uno. La sociedad entera es católica. En todo este proceso se encuentra a su lado el P. Jervis, un sacerdote y secretario suyo que le irá acompañando en sus andanzas. La historia sucede en 1973, mientras que Monseñor Masterman cree, al “despertar”, que está viviendo a principios del siglo XX.

Las etapas más importante de este “reencuentro” de Monseñor Masterman con la realidad son éstas:

* El P. Jervis le explica quién es y le lleva a sus habitaciones.

* El día siguiente asiste a una comida a la que está invitado el señor Manners que es especialista del período 1900-1920. Le instan a que hable sobre este período histórico y lo hace. Explica cómo el mundo volvió los ojos al catolicismo.

La reacción de Monseñor Masterman es de gran asombro.

* Monseñor parte hacia París de vacaciones por indicación del cardenal, para que se recupere de su enfermedad. Allí ve una sociedad organizada según el catolicismo. Saluda al rey de Francia, ya que por una revolución popular fue reinstaurada la monarquía.

Monseñor Masterman se extraña de que no haya reacciones anticlericales1, y concluye que aquello es como una vuelta a la Edad Media, a lo que el P. Jervis le contesta que tiene razón2. Además tiene la impresión Monseñor Masterman que se desimoronará toda aquella sociedad en cualquier momento3.

* En Roma ve la pompa4 de la procesión de la festividad de san Pedro y san Pablo. Desfilan una gran cantidad de tropas y el Papa, al final de todos ellos5, como si fuera su señor. En el Vaticano Monseñor Masterman asiste a una recepción en la que hay música, bebida, comida… una típica fiesta de formas sociales. Monseñor Masterman se pierde por los pasillos y atraviesa una puerta entrando en la capilla privada del Santo Padre y lo ve arrodillado confesándose.

A Monseñor Masterman le choca tanta pompa y opulencia. Pero le impresiona mucho el contraste de ver al Papa dirigiendo ejércitos y horas más tarde humillándose para confesar que es un pecador.

* Después parten hacia Lourdes. Aquí ve la nueva relación entre ciencia y fe. Científicos y religiosos trabajan codo con codo. Allí conoce al P. Adrian Bennett, un franciscano que estudia los milagros de Lourdes.

Se queda maravillado Monseñor Masterman de esa nueva forma de relación ciencia – fe.

* Una vez de vuelta al trabajo: recibe la noticia de la conversión del emperador de Alemania, el único jefe de estado que no era católico. Como consecuencia en Alemania se decretan medidas represivas contra los socialistas. Alemania era prácticamente su último refugio.

Aquí sí que a Monseñor Masterman le choca gravemente el nuevo status quo. Pero, ¿dónde está la democracia? Que el emperador cambie no quiere decir que debe obligar al país a cambiar. El P. Jervis intenta explicarle que la democracia ha quedado desacreditada, y que la sanción última del poder se encuentra en Dios.

* Más adelante se enfrenta al caso del P. Adrian Bennett. Éste es acusado de herejía por un libro sobre los milagros. En caso de una sentencia condenatoria, sería sometido a la pena de muerte. El provincial franciscano viene a pedirle a Monseñor Masterman que interceda por el P. Adrian, pero al final es condenado.

No le podía entrar en la cabeza a nuestro protagonista que el cristianismo practicara la violencia.. Le molesta además que la gente estuviera obligada a sujetarse externa e internamente. Cristo para él es dulce, humilde, no condenador. La Iglesia se había convertido en gobernante del mundo, contra el que debería luchar, a base de aplastar a sus enemigos6. El cristianismo se había convertido en una maquinaria implacable y él formaba parte de ella.

* Sufre un gran shock por la muerte del P. Adrian. El cardenal decide enviarle a Irlanda. Irlanda es un gran monasterio y además hospital de enfermedades mentales. Sólo Dublin y Belfast son ciudades normales, centros de comercio. Allí someten a Monseñor Masterman a un tratamiento. Una terapia de tranquilidad y un monje viene a visitarle cada día. Hablan y nuestro protagonista le confía sus inquietudes y cómo se siente incómodo con este orden de cosas. En este momento expone un obstáculo no expresado hasta ese momento: si la iglesia reina, ¿dónde está la cruz? El monje le hace ver que tiene una enfermedad de nervios que hace que el corazón no se adhiera a lo que la razón le dicta con claridad, porque a Monseñor Masterman los argumentos le convencían.

Monseñor Masterman sale de Irlanda muy tranquilo y prácticamente convencido.

A partir del regreso de Monseñor Masterman a su trabajo la trama de la novela se centra más en los hechos que van a suceder que en los sentimientos del protagonista.

Se organiza una comisión para la preparación de un decreto con el que Inglaterra se convertirá en país confesionalmente católico. Al llegar noticias a la calle de este decreto, se reúnen en Londres grupos considerables de socialistas para protestar. El día de la votación se temía que no se aprobaría. Al final es votado a favor por la mayoría.

Con este decreto, se hace la vida casi imposible para los socialistas. Muchos deciden partir al destierro. Para el efecto se han preparado colonias como el estado de Massachussets, para que allí se viva con total libertad. El cardenal, entonces, encarga a Monseñor Masterman que acompañe a los exiliados a Boston, y sea él representante oficial de la Iglesia Inglesa.

Al tercer día recibe un mensaje para que parta inmediatamente hacia Roma. Una vez allí le conducen al Vaticano, a una sala en la que se hallaba el cardenal Bellairs y el Secretario de Estado. Le informan que los socialistas se han amotinado en Berlín y que tiene como rehén al emperador y que lo ejecutarán si no se cumplen sus condiciones: la libertad total y absoluta. Dan cuatro días de plazo para que el mundo se someta a ellos. El príncipe de Roma fue a Berlín como emisario y lo asesinaron. El cardenal Bellairs se ha ofrecido para ir. Monseñor Masterman quiere ir con él, pero el cardenal se lo niega. Sin embargo, el Papa se lo concede.

Una vez en Berlín el cardenal es conducido ante el consejo y es asesinado igualmente. Monseñor Masterman permanece retenido, y al tercer día viene a vistarle el señor Hardy, el jefe de los socialistas ingleses, a quien el protagonista ya conocía. Le comunica que asistirá a la ejecución del emperador y que volverá a Londres como testigo de este hecho y para comunicar su planes a las naciones. Al cumplirse el plazo atacarán y destruirán una ciudad europea y una semana después, si no se rinden las potencias, declararan la guerra.

Monseñor Masterman es llevado ante el consejo. Cuatro minutos antes de que el plazo expirase se anuncia la llegada de otro emisario. Éste avanza y al despojarse de sus ropas de viaje, descubren todos su indumentaria blanca, es el Papa. Después de unos momentos de discusión el Papa les dice que se sometan a él como Vicario de Cristo, como padre. Les recuerda asimismo que Oriente se ha sometido a él y que le han nombrado árbitro. Y así lo hacen.

El mundo entero reconoce ahora al Papa como árbitro y señor del mundo. Por fin, Cristo reina en la Tierra a través de su Vicario. Las colonias de libertad siguen existiendo y abole las penas de muerte por herejía.

En el epílogo se retoma la escena del preludio. El moribundo ha perdido el sentido, pero lo recobra y pide un sacerdote. Avisan al joven cura del hospital y el enfermo se confiesa y recibe los últimos sacramentos. Entonces explica que su nombre es Jervis y que era un sacerdote de la catedral. Les pide al cura y a la monja-enfermera que se acerquen y pongan antención a lo que les tiene que decir. Y con estas palabras se acaba el libro.

1 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 94.
2 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 106.
3 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 107.
4 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 120.
5 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 119.
6 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 201.

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