The dawn of all

Un anciano yace en cama moribundo. Se trata de un sacerdote católico apóstata. No quiere recibir al cura del hospital para que le administre los últimos sacramentos.

El preludio de la novela deja esta escena en el aire y comienza la trama. Ésta es bastante sencilla. Monseñor Masterman es secretario del Arzobispo de Londres, el Cardenal Bellairs. Un día se “despierta” en Hyde Park, en el rincón de los oradores y se descubre a sí mismo sentado y vestido de eclesiástico. Escucha a un fraile que predica desde el estrado que el catolicismo es prácticamente la religión del mundo entero. Monseñor se queda como alucinado. No puede ni siquiera recordar quién es y lo que el fraile refiere le parece increíble.

El resto de la historia, exceptuando el final, consiste en las impresiones de Monseñor Masterman al ir descubriendo que realmente el mundo casi en su totalidad es católico, pero no sólo de palabra y en el fuero interno de cada uno. La sociedad entera es católica. En todo este proceso se encuentra a su lado el P. Jervis, un sacerdote y secretario suyo que le irá acompañando en sus andanzas. La historia sucede en 1973, mientras que Monseñor Masterman cree, al “despertar”, que está viviendo a principios del siglo XX.

Las etapas más importante de este “reencuentro” de Monseñor Masterman con la realidad son éstas:

* El P. Jervis le explica quién es y le lleva a sus habitaciones.

* El día siguiente asiste a una comida a la que está invitado el señor Manners que es especialista del período 1900-1920. Le instan a que hable sobre este período histórico y lo hace. Explica cómo el mundo volvió los ojos al catolicismo.

La reacción de Monseñor Masterman es de gran asombro.

* Monseñor parte hacia París de vacaciones por indicación del cardenal, para que se recupere de su enfermedad. Allí ve una sociedad organizada según el catolicismo. Saluda al rey de Francia, ya que por una revolución popular fue reinstaurada la monarquía.

Monseñor Masterman se extraña de que no haya reacciones anticlericales1, y concluye que aquello es como una vuelta a la Edad Media, a lo que el P. Jervis le contesta que tiene razón2. Además tiene la impresión Monseñor Masterman que se desimoronará toda aquella sociedad en cualquier momento3.

* En Roma ve la pompa4 de la procesión de la festividad de san Pedro y san Pablo. Desfilan una gran cantidad de tropas y el Papa, al final de todos ellos5, como si fuera su señor. En el Vaticano Monseñor Masterman asiste a una recepción en la que hay música, bebida, comida… una típica fiesta de formas sociales. Monseñor Masterman se pierde por los pasillos y atraviesa una puerta entrando en la capilla privada del Santo Padre y lo ve arrodillado confesándose.

A Monseñor Masterman le choca tanta pompa y opulencia. Pero le impresiona mucho el contraste de ver al Papa dirigiendo ejércitos y horas más tarde humillándose para confesar que es un pecador.

* Después parten hacia Lourdes. Aquí ve la nueva relación entre ciencia y fe. Científicos y religiosos trabajan codo con codo. Allí conoce al P. Adrian Bennett, un franciscano que estudia los milagros de Lourdes.

Se queda maravillado Monseñor Masterman de esa nueva forma de relación ciencia – fe.

* Una vez de vuelta al trabajo: recibe la noticia de la conversión del emperador de Alemania, el único jefe de estado que no era católico. Como consecuencia en Alemania se decretan medidas represivas contra los socialistas. Alemania era prácticamente su último refugio.

Aquí sí que a Monseñor Masterman le choca gravemente el nuevo status quo. Pero, ¿dónde está la democracia? Que el emperador cambie no quiere decir que debe obligar al país a cambiar. El P. Jervis intenta explicarle que la democracia ha quedado desacreditada, y que la sanción última del poder se encuentra en Dios.

* Más adelante se enfrenta al caso del P. Adrian Bennett. Éste es acusado de herejía por un libro sobre los milagros. En caso de una sentencia condenatoria, sería sometido a la pena de muerte. El provincial franciscano viene a pedirle a Monseñor Masterman que interceda por el P. Adrian, pero al final es condenado.

No le podía entrar en la cabeza a nuestro protagonista que el cristianismo practicara la violencia.. Le molesta además que la gente estuviera obligada a sujetarse externa e internamente. Cristo para él es dulce, humilde, no condenador. La Iglesia se había convertido en gobernante del mundo, contra el que debería luchar, a base de aplastar a sus enemigos6. El cristianismo se había convertido en una maquinaria implacable y él formaba parte de ella.

* Sufre un gran shock por la muerte del P. Adrian. El cardenal decide enviarle a Irlanda. Irlanda es un gran monasterio y además hospital de enfermedades mentales. Sólo Dublin y Belfast son ciudades normales, centros de comercio. Allí someten a Monseñor Masterman a un tratamiento. Una terapia de tranquilidad y un monje viene a visitarle cada día. Hablan y nuestro protagonista le confía sus inquietudes y cómo se siente incómodo con este orden de cosas. En este momento expone un obstáculo no expresado hasta ese momento: si la iglesia reina, ¿dónde está la cruz? El monje le hace ver que tiene una enfermedad de nervios que hace que el corazón no se adhiera a lo que la razón le dicta con claridad, porque a Monseñor Masterman los argumentos le convencían.

Monseñor Masterman sale de Irlanda muy tranquilo y prácticamente convencido.

A partir del regreso de Monseñor Masterman a su trabajo la trama de la novela se centra más en los hechos que van a suceder que en los sentimientos del protagonista.

Se organiza una comisión para la preparación de un decreto con el que Inglaterra se convertirá en país confesionalmente católico. Al llegar noticias a la calle de este decreto, se reúnen en Londres grupos considerables de socialistas para protestar. El día de la votación se temía que no se aprobaría. Al final es votado a favor por la mayoría.

Con este decreto, se hace la vida casi imposible para los socialistas. Muchos deciden partir al destierro. Para el efecto se han preparado colonias como el estado de Massachussets, para que allí se viva con total libertad. El cardenal, entonces, encarga a Monseñor Masterman que acompañe a los exiliados a Boston, y sea él representante oficial de la Iglesia Inglesa.

Al tercer día recibe un mensaje para que parta inmediatamente hacia Roma. Una vez allí le conducen al Vaticano, a una sala en la que se hallaba el cardenal Bellairs y el Secretario de Estado. Le informan que los socialistas se han amotinado en Berlín y que tiene como rehén al emperador y que lo ejecutarán si no se cumplen sus condiciones: la libertad total y absoluta. Dan cuatro días de plazo para que el mundo se someta a ellos. El príncipe de Roma fue a Berlín como emisario y lo asesinaron. El cardenal Bellairs se ha ofrecido para ir. Monseñor Masterman quiere ir con él, pero el cardenal se lo niega. Sin embargo, el Papa se lo concede.

Una vez en Berlín el cardenal es conducido ante el consejo y es asesinado igualmente. Monseñor Masterman permanece retenido, y al tercer día viene a vistarle el señor Hardy, el jefe de los socialistas ingleses, a quien el protagonista ya conocía. Le comunica que asistirá a la ejecución del emperador y que volverá a Londres como testigo de este hecho y para comunicar su planes a las naciones. Al cumplirse el plazo atacarán y destruirán una ciudad europea y una semana después, si no se rinden las potencias, declararan la guerra.

Monseñor Masterman es llevado ante el consejo. Cuatro minutos antes de que el plazo expirase se anuncia la llegada de otro emisario. Éste avanza y al despojarse de sus ropas de viaje, descubren todos su indumentaria blanca, es el Papa. Después de unos momentos de discusión el Papa les dice que se sometan a él como Vicario de Cristo, como padre. Les recuerda asimismo que Oriente se ha sometido a él y que le han nombrado árbitro. Y así lo hacen.

El mundo entero reconoce ahora al Papa como árbitro y señor del mundo. Por fin, Cristo reina en la Tierra a través de su Vicario. Las colonias de libertad siguen existiendo y abole las penas de muerte por herejía.

En el epílogo se retoma la escena del preludio. El moribundo ha perdido el sentido, pero lo recobra y pide un sacerdote. Avisan al joven cura del hospital y el enfermo se confiesa y recibe los últimos sacramentos. Entonces explica que su nombre es Jervis y que era un sacerdote de la catedral. Les pide al cura y a la monja-enfermera que se acerquen y pongan antención a lo que les tiene que decir. Y con estas palabras se acaba el libro.

1 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 94.
2 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 106.
3 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 107.
4 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 120.
5 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 119.
6 Cfr. R.H. BENSON, Alba Triunfante, 201.

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